Mi novia y yo tomamos el ómnibus de siempre con destino a su casa, eran las 11.00 p.m. aproximadamente, el día había sido tedioso y ambos estábamos cansados. Ella reposa en mi hombro y yo con un brazo la rodeo para que pueda descansar, y luego se queda dormida.
Al siguiente paradero sube un muchacho, joven, de buen porte, al principio no le tomé atención. Se sentó al frente de donde estábamos, como había pocas personas, volteé a ver quien era y en ese instante se cruzaron nuestros ojos. Luego, mientras el colectivo nos transportaba, por inercia o costumbre, giraba a ver al chico y él también viraba como si estuviese sintiendo que lo observaba. Un tiempo estuve “rozando” miradas, pero luego los dos nos quedamos viéndonos por un largo rato.
Tenía ojos oscuros, cabello castaño, nariz respingada y pequeña, lunares o pecas diminutas ahí, quizás dos años mayor que yo. También vi su perfecto cuello, algo largo, su cabello lacio y crecido, sus labios rosados que parecían mojados, sus brazos, sus manos, sus piernas, sus muslos se veían grandes (eso lo constaté después), y obviamente su entrepierna, cuando subí la vista encontré que él hacia exactamente lo que yo hice hace instantes.
Tal vez la situación era rara: yo abrazando a mi novia mientras que me observaba con toda la libertad del mundo al chico del otro asiento y él me miraba detenidamente, no con lasciva sino con la mirada perdida, lo que hacia que me interesara en él, agregándole que estábamos en un autobús en el cual cualquier persona se pudo dar cuenta.
De pronto el bus se detiene en un paradero y el muchacho baja, reaccione y me di cuenta que en ese paradero nosotros también bajamos y trato de despertar a mi acompañante. No me costó mucho solo la sacudí un par de veces y unas palmaditas en su muslo para despertarla. Si no bajábamos a tiempo nos llevaba hasta el último paradero y tendríamos que volver en taxi. Cuando caminamos hacia su casa me percaté que el chico de las miradas penetrantes nos ganó el paso, estaba una cuadra más adelante. Pensé en preguntarle a ella quién es él pero no lo hice. Al llegar a su casa pasamos por su costado, él estaba metiendo las llaves de su casa y le saludo con un “hola, qué tal”. La casa del muchacho se encontraba en una esquina y la de ella en la esquina próxima.
Esa vez no pasó nada, pero en las otras noches, que iba a buscar a mi novia, traté de percatarme, cuando pasaba por su casa, si él estaba ahí. Me lo encontré en dos oportunidades. La primera, en su balcón, estaba tomando un refresco cuando, de repente, crucé por su calle, y volvimos a clavarnos esas miradas, seguramente se acordó de mí. La segunda vez estaba lavando su carro, tan solo de verlo con un jeans desgastado, mojados y pegados al cuerpo, con un polo blanco sin mangas, que mojado se podía apreciar sus tetillas completamente paradas por el frío, me excité de ver ese paisaje y se me paró la pinga.
Cuando pasé por su lado “accidentalmente” chocamos, volví la cabeza y me sonreí.
No fue hasta que en el aniversario de algún santo de la urb., todos estaban celebrando, tomando, festejando, comiendo. Había llegado al lugar sin saber que, como los padres de mi novia eran de otra religión, prefirieron ir a pasar ese fin de semana en otra parte. Me quedé un rato en esa fiesta patronal compartiendo con algunos vecinos, y de pronto vi al chiquillo del autobús, quise aprovechar que estaba sin compañía para entablar la conversación y saber más de él, al menos por curiosidad.
Ahí, parado en su puerta, a una cierta distancia de los demás, fui y no sé como hice comencé a hablarle, siempre con una sonrisa, y él me seguía el juego. Conversamos de todo un poco, se llamaba Miguel y como era obvio me pregunto por su vecina, con quien esa noche me acompaño, le respondí y le deje entrever que ella era algo pasajero y que tenía otros gustos. Parece que eso era lo que quería escuchar y me dijo que no había nadie en casa, si deseaba pasar a su casa a seguir charlando con más comodidad, cosa que acepte.
Aunque no hablamos de lo ocurrido en el autobús, estoy seguro que esas miradas eran de algo más. Ya adentro sacó unas cervezas que tenía escondido en la cocina. Tomamos vaso tras vaso y él ya daba signos de embriagues. Me senté a su lado y mientras dialogábamos poco a poco fui pasando imperceptiblemente mi mano por su pantalón, hasta que apreté fuertemente su bulto. Miguel se paró.
“Qué haces” me dijo. También me paré y tranquilizándolo le dije “Se que también lo estás deseando, solo déjate llevar”. “…Solo quiero que me la chupes…” agregó. “Está bien, no te preocupes” terminé.
Ambos de pie, yo con las manos en su cintura, empecé a bajarle el pantalón que cayó de un tirón hasta los tobillos. Aún con su trusa, le di unos pequeños mordiscos, acentuando la forma de su pene que tenía una semi erección, sobre la tela. Creo que la sensación de mi aliento le gustó porque rápidamente se lo bajó, dejándome ver una verga muy larga, delgada, que terminaba en punta, con unas bolas que caían por la gravedad. Miré su cara de entusiasmo y sin más inicié la subida y el descenso por su miembro, mientras el emitía un sonoro jadeo, podía sentir su glande golpeando mi campanilla.
Su verga emanaba mucho presemen. Se quitó el pantalón, la trusa y el polo que llevaba. Se echó en su sofá, con las piernas abiertas y su cabeza en el descanso, mientras que yo estaba arrodillado en el piso continuando la mamada. De la excitación yo también me despojé de mi ropa, ante lo que Miguel me llevó hacia su habitación.
Al entrar, él otra vez se echó, reposando en la almohada con las piernas más extendidas, y con las manos ocupadas haciéndose una paja. Me invitó a seguir, esta vez fui directo a chuparle las tetillas, que al simple contacto se pusieron duras, después bajé por su pecho, la raíz de pelo hasta su ombligo, me salteé y pasé por sus muslos, grandes, firmes, los lamí y mordisqueé, hasta llegar a su pubis. Primero metí sus huevos en mi boca, degustando de su peculiar forma, eso le encantaba, me hundía más la cabeza. Después, rodeé con mis labios el tronco de su pinga, desde la base hasta el glande, que ya estaba lubricando a borbotones, a veces daba lametones en su frenillo tratando de sacar cada gota de presemen que salía de allí.
Ante tal motivación él no se quedaba quieto, sus manos se habían apoderado de mi culo, los sobaba, pasaba sus dedos por la raya, y tanteaba mi hoyito, mientras que yo con una mano me pajeaba. Hasta que se atrevió a más e introdujo uno de sus dedos, me dolió ya que estaba seco y fue un poco tosco en meterlo, pero en breve me acostumbré. Su índice entraba y salía con un buen ritmo, lo que me hizo acelerar los movimientos de mi boca.
Antes de acabar me dijo que me quería coger. Por lo que fui veloz a buscar una caja de condones que estaba en mi casaca que lo había dejado en la sala. Se lo puse, lo embarré con la crema que me dio y me senté en el. Entró sin dificultades, sin perder más tiempo comencé con el vaivén, no duró mucho porque en ese momento eyaculó chorros de leche que percibí como llenaba el látex en mi interior. Aún sentado, me masturbé desenfrenadamente para también acabar, lo que hice manchando todo su pecho.
Después de eso, me vestí y me retiré del sitio. Miguel y mi novia, no eran amigos ni tenían ningún tipo de vínculo, por lo que nunca se enteró.
Autor: Xabier
Al siguiente paradero sube un muchacho, joven, de buen porte, al principio no le tomé atención. Se sentó al frente de donde estábamos, como había pocas personas, volteé a ver quien era y en ese instante se cruzaron nuestros ojos. Luego, mientras el colectivo nos transportaba, por inercia o costumbre, giraba a ver al chico y él también viraba como si estuviese sintiendo que lo observaba. Un tiempo estuve “rozando” miradas, pero luego los dos nos quedamos viéndonos por un largo rato.
Tenía ojos oscuros, cabello castaño, nariz respingada y pequeña, lunares o pecas diminutas ahí, quizás dos años mayor que yo. También vi su perfecto cuello, algo largo, su cabello lacio y crecido, sus labios rosados que parecían mojados, sus brazos, sus manos, sus piernas, sus muslos se veían grandes (eso lo constaté después), y obviamente su entrepierna, cuando subí la vista encontré que él hacia exactamente lo que yo hice hace instantes.
Tal vez la situación era rara: yo abrazando a mi novia mientras que me observaba con toda la libertad del mundo al chico del otro asiento y él me miraba detenidamente, no con lasciva sino con la mirada perdida, lo que hacia que me interesara en él, agregándole que estábamos en un autobús en el cual cualquier persona se pudo dar cuenta.
De pronto el bus se detiene en un paradero y el muchacho baja, reaccione y me di cuenta que en ese paradero nosotros también bajamos y trato de despertar a mi acompañante. No me costó mucho solo la sacudí un par de veces y unas palmaditas en su muslo para despertarla. Si no bajábamos a tiempo nos llevaba hasta el último paradero y tendríamos que volver en taxi. Cuando caminamos hacia su casa me percaté que el chico de las miradas penetrantes nos ganó el paso, estaba una cuadra más adelante. Pensé en preguntarle a ella quién es él pero no lo hice. Al llegar a su casa pasamos por su costado, él estaba metiendo las llaves de su casa y le saludo con un “hola, qué tal”. La casa del muchacho se encontraba en una esquina y la de ella en la esquina próxima.
Esa vez no pasó nada, pero en las otras noches, que iba a buscar a mi novia, traté de percatarme, cuando pasaba por su casa, si él estaba ahí. Me lo encontré en dos oportunidades. La primera, en su balcón, estaba tomando un refresco cuando, de repente, crucé por su calle, y volvimos a clavarnos esas miradas, seguramente se acordó de mí. La segunda vez estaba lavando su carro, tan solo de verlo con un jeans desgastado, mojados y pegados al cuerpo, con un polo blanco sin mangas, que mojado se podía apreciar sus tetillas completamente paradas por el frío, me excité de ver ese paisaje y se me paró la pinga.
Cuando pasé por su lado “accidentalmente” chocamos, volví la cabeza y me sonreí.
No fue hasta que en el aniversario de algún santo de la urb., todos estaban celebrando, tomando, festejando, comiendo. Había llegado al lugar sin saber que, como los padres de mi novia eran de otra religión, prefirieron ir a pasar ese fin de semana en otra parte. Me quedé un rato en esa fiesta patronal compartiendo con algunos vecinos, y de pronto vi al chiquillo del autobús, quise aprovechar que estaba sin compañía para entablar la conversación y saber más de él, al menos por curiosidad.
Ahí, parado en su puerta, a una cierta distancia de los demás, fui y no sé como hice comencé a hablarle, siempre con una sonrisa, y él me seguía el juego. Conversamos de todo un poco, se llamaba Miguel y como era obvio me pregunto por su vecina, con quien esa noche me acompaño, le respondí y le deje entrever que ella era algo pasajero y que tenía otros gustos. Parece que eso era lo que quería escuchar y me dijo que no había nadie en casa, si deseaba pasar a su casa a seguir charlando con más comodidad, cosa que acepte.
Aunque no hablamos de lo ocurrido en el autobús, estoy seguro que esas miradas eran de algo más. Ya adentro sacó unas cervezas que tenía escondido en la cocina. Tomamos vaso tras vaso y él ya daba signos de embriagues. Me senté a su lado y mientras dialogábamos poco a poco fui pasando imperceptiblemente mi mano por su pantalón, hasta que apreté fuertemente su bulto. Miguel se paró.
“Qué haces” me dijo. También me paré y tranquilizándolo le dije “Se que también lo estás deseando, solo déjate llevar”. “…Solo quiero que me la chupes…” agregó. “Está bien, no te preocupes” terminé.
Ambos de pie, yo con las manos en su cintura, empecé a bajarle el pantalón que cayó de un tirón hasta los tobillos. Aún con su trusa, le di unos pequeños mordiscos, acentuando la forma de su pene que tenía una semi erección, sobre la tela. Creo que la sensación de mi aliento le gustó porque rápidamente se lo bajó, dejándome ver una verga muy larga, delgada, que terminaba en punta, con unas bolas que caían por la gravedad. Miré su cara de entusiasmo y sin más inicié la subida y el descenso por su miembro, mientras el emitía un sonoro jadeo, podía sentir su glande golpeando mi campanilla.
Su verga emanaba mucho presemen. Se quitó el pantalón, la trusa y el polo que llevaba. Se echó en su sofá, con las piernas abiertas y su cabeza en el descanso, mientras que yo estaba arrodillado en el piso continuando la mamada. De la excitación yo también me despojé de mi ropa, ante lo que Miguel me llevó hacia su habitación.
Al entrar, él otra vez se echó, reposando en la almohada con las piernas más extendidas, y con las manos ocupadas haciéndose una paja. Me invitó a seguir, esta vez fui directo a chuparle las tetillas, que al simple contacto se pusieron duras, después bajé por su pecho, la raíz de pelo hasta su ombligo, me salteé y pasé por sus muslos, grandes, firmes, los lamí y mordisqueé, hasta llegar a su pubis. Primero metí sus huevos en mi boca, degustando de su peculiar forma, eso le encantaba, me hundía más la cabeza. Después, rodeé con mis labios el tronco de su pinga, desde la base hasta el glande, que ya estaba lubricando a borbotones, a veces daba lametones en su frenillo tratando de sacar cada gota de presemen que salía de allí.
Ante tal motivación él no se quedaba quieto, sus manos se habían apoderado de mi culo, los sobaba, pasaba sus dedos por la raya, y tanteaba mi hoyito, mientras que yo con una mano me pajeaba. Hasta que se atrevió a más e introdujo uno de sus dedos, me dolió ya que estaba seco y fue un poco tosco en meterlo, pero en breve me acostumbré. Su índice entraba y salía con un buen ritmo, lo que me hizo acelerar los movimientos de mi boca.
Antes de acabar me dijo que me quería coger. Por lo que fui veloz a buscar una caja de condones que estaba en mi casaca que lo había dejado en la sala. Se lo puse, lo embarré con la crema que me dio y me senté en el. Entró sin dificultades, sin perder más tiempo comencé con el vaivén, no duró mucho porque en ese momento eyaculó chorros de leche que percibí como llenaba el látex en mi interior. Aún sentado, me masturbé desenfrenadamente para también acabar, lo que hice manchando todo su pecho.
Después de eso, me vestí y me retiré del sitio. Miguel y mi novia, no eran amigos ni tenían ningún tipo de vínculo, por lo que nunca se enteró.
Autor: Xabier

