Antes de empezar a contarles lo que en esa ocasión me sucedió, debo recordarles, a quienes ya me han leído, o informarles a quienes aún no me conocen que soy un ser humano común y corriente, apasionadamente enamorado de la vida y sus placeres, dejándola transcurrir mientras la disfruta plenamente y sin limitaciones.
Empiezo por comentarles que, en la ciudad donde vivo, el agua sale de los grifos clara y transparente, pero no lo suficientemente pura como para poderse beber por lo que la usamos únicamente para la ducha, el lavado de la ropa, el aseo de la casa en general, el mantenimiento del jardín, etc. y, para beber, hay empresas que, a precios módicos, entregan el agua potable a domicilio, envasada en garrafones de diverso cupo, generalmente de veinte litros.
Los trabajadores que hacen el reparto en las casas habitación hacen un constante ejercicio de levantamiento de pesas al manejar para su entrega esos garrafones, lo que no sólo los mantiene ágiles, sino que, al cabo del tiempo les proporciona una estructura muscular que los hace verse espectaculares: pechos amplios, espaldas anchas y bíceps maravillosamente bien desarrollados, aunque no todos son amables y bien parecidos.
En la ruta donde se ubica la casa donde vivo, hace alrededor de dos meses, cambiaron al repartidor. De un hombre maduro y, para mi gusto, demasiado adusto, a un nuevo trabajador que, a golpe de vista me cautivó; era joven (veintipocos años) una piel con ese tono dorado que adquieren los hombres rubios por la exposición constante al sol; una cara de facciones regulares, una mirada amable en unos ojos de color aceitunado, una risa fácil, alegre y contagiosa y un cuerpo con el desarrollo muscular al que arriba me refería; todo ello adicionado con un viril y grato tono de voz y una risa pronta, alegre y contagiosa. “Tiene cara de ángel y cuerpo de demonio lujurioso”, escuché comentar a una vecina. “Una escultura griega”, pensé yo, que milagrosamente, ha cobrado vida con todas las características que ello implica, es decir, ágiles y seguros movimientos -¡Qué sensualmente se mueve! grato aroma –es limpio, pero se percibe un sutil olor a macho cuando se te acerca- agradable sonido –tiene un incitante timbre en su risa y en su voz.
En pocas palabras, un ejemplar de varón como para acostarse todo un día y muchos más con él y disfrutarlo sin separarse de él un solo minuto.
Unos días antes de la Navidad el nuevo repartidor me mostró unos volantes en los que se ilustraban algunos objetos promocionales, obsequio de su empresa, para que escogiera cada cliente el que fuera de su agrado. Escogí un secador de felpa para platos, y cubiertos, con el estampado y color adecuados a la decoración de mi cocina.
—Escogió usted con buen gusto, señor, esas toallas están muy bonitas y, precisamente por eso, fueron, hoy, las que primero se me acabaron, pero se la traigo mañana ¿qué le parece? O tal vez hoy, al terminar el turno, si acabo temprano.
—Me parece muy bien —acepté, pensando en que si me la traía al terminar su turno, podría invitarlo a pasar a la casa y tal vez hubiera oportunidad de tener algún acercamiento con él, aunque, recapacité, no era muy factible.
Pero lo fue; ya había yo olvidado el incidente cuando, alrededor de las seis de la tarde sonó el timbre, abrí la puerta y ahí estaba mi escultura griega en vivo y a todo color, con una bolsa bajo el brazo y las manos dentro de las bolsas del pantalón, como si estuviera jugando pin-pon con los maravillosos testículos que yo imaginaba.
—Tal como quedamos, señor, aquí traigo la que le gusta – e hizo una inclinación de cabeza como si señalara su tan deseada herramienta.
Un demonio pícaro y lujurioso me dictó la respuesta que hasta a mí me sorprendió oírmela decir.
— ¿Me está usted albureando? –El albur es, en mi país, la frase de doble sentido con la que se dicen, en forma disimulada las cosas más atrevidas- ¿Quién le dijo que la cosa que trae usted ahí, en medio de las piernas, me gusta?
—No señor, discúlpeme, yo no quise decir eso —me dijo tartamudeando, mientras sacaba las manos de sus bolsas agitándolas como si quisiera borrar con ese movimiento lo antes dicho y dejando caer la bolsa de papel que llevaba bajo el brazo— no me interprete mal, señor, yo lo respeto.
—Mire —proseguí como si no lo escuchara— para empezar, ni yo mismo sé si me gusta o no porque ni siquiera la he visto. Pase —lo tomé del brazo y lo hice pasar, cerrando la puerta— ¿Me la piensa mostrar? — ¿Yo, señor? Es que… —y giraba su cabeza hacia un lado y otro, como si buscara por donde escapar —Discúlpeme, señor, esto ha sido un “malentendido” yo hablaba de la toalla que traía en la bolsa que se me cayó y se quedó tirada afuera de la puerta. Por favor señor, si en la empresa se enteran de este incidente, voy a tener problemas, tengo pocos días de haber entrado y necesito mucho el trabajo.
— ¿Eres ya casado? —pregunté sin saber por qué y cambiando del “usted” al “tú”. —Si señor, acabo de cumplir un año de haberme casado. —Y… ¿eres ya papá? —Si, ya; tengo una bebita de un mes.
—Eso justifica tu preocupación por conservar el trabajo. Por cierto, un amigo mío, que presume saber mucho de esas cosas asegura que, siendo los hombres los que deciden el sexo de los hijos, los que quienes tienen hijas mujeres es porque son sexualmente muy activos y tienen relaciones con mucha mayor frecuencia que los que tienen hijos varones ¿Es cierto eso? ¿Tú qué dices?
—Yo diría que si es cierto —dijo conteniendo una sonrisa presuntuosa— Ya se imaginará cómo ando todo el día ahora que estoy en cuarentena. —¿Debo entender que me estás pidiendo una ayudadita?—No, señor. La ayudadita, en cuanto a sexo, sólo podrá pedírsela a una mujer y, en cuanto a recursos económicos, tengo mi trabajo y no pido ni acepto limosnas.
Su actitud me agradó y, con estas observaciones, mi cerebro empezó a trabajar a gran velocidad mientras seguía sosteniendo la conversación.
—No te preocupes, creo que estoy encontrando una solución a tus problemas. Te aseguro que no pretendo suplir a una mujer ni sería capaz de ofenderte con una limosna. Mi proposición es esta —continué— voy a retarte a participar en un juego en el que, si pones algo de tu parte, podrás obtener, no una limosna, sino una ganancia en dinero y, con un poco de buena voluntad, un desahogo… “emocional” ¿Lo intentamos? — ¿Por qué no? Usted me dice cómo. —El requisito es que te despojes de conceptos prejuiciosos y te concentres en cumplir ciertas tareas sumamente fáciles y, en este caso, lucrativas.
—Bueno, si no es algo muy difícil…empecemos. —En primer lugar, voy a sacar de mi cartera un billete de cada una de las denominaciones en circulación ¿puedes decirme cuales son? —Si señor, eso es muy fácil. Y si le digo cuántas denominaciones existen ¿ya gané? —No, ja, ja, ja, si me dices cuantas denominaciones existen empezamos el juego. —Está bien, Existen billetes de veinte, de cincuenta, de cien, de doscientos, de quinientos y de mil pesos.
—Correcto. Como ves estoy colocando aquí sobre la mesa un billete de cada denominación y empezamos con el billete más bajo, El de veinte pesos. Si cumples con la tarea que voy a señalarte es tuyo. Después de eso, cambiaremos ese billete con el que le siga en valor y te indicaré una tarea fácil de cumplir, si lo haces, cambiarás el billete que tienes por el de la denominación siguiente y así sucesivamente. Cada nueva tarea que cumplas, tu billete será cambiado por otro que será el que le sigue de mayor valor. ¿Entendido?
—Entendido.
Le acerqué el billete de veinte pesos mientras observaba fijamente la expresión de su rostro.
—Acomódate el pene por encima del pantalón, ajustando la tela para que muestre su forma y su tamaño —le dije pausadamente.
Me miró unos segundos extrañado.
— ¿Para qué? Estoy cómodo así, empecemos el juego. —El juego ya empezó —le aclaré— esa es la primera tarea. Marca la forma y el tamaño de tu pene por encima del pantalón. — ¿Qué estás diciendo? —preguntó con un gesto de incómoda incredulidad, cambiando la forma de trato al “tuteo”— esto parece el castigo de uno de esos juegos estúpidos que jugábamos en la escuela primaria. —Si, creo que es así, ¿Quieres hacerlo? O pierdes y aquí termina el juego.
—No, no, no —se apresuró a decir— voy a hacerlo, pero me siento como un imbécil haciendo una demostración de las dimensiones y forma de mi pene —y, después de una pausa, mientras resaltaba la forma con la tela, por cierto muy delgada del pantalón, agregó— quiero aclararte que no me siento avergonzado de mi miembro viril, sino muy orgulloso y no tengo por qué avergonzarme de él. Como puedes ver, estoy bastante bien dotado, es grueso y de bastante buen tamaño, sobre todo cuando se pone en estado de erección que es lo que parece empieza a pasar ahora.
—En este caso el billete de veinte pesos ya es tuyo y puedes cambiarlo por el de cincuenta pesos si logras ponerlo, mediante frotamientos y ligeros apretones, antes de quince segundo en estado de erección. —No hacía falta que lo dijeras, en este momento ya ha alcanzado, como ves, su máxima dimensión.
En efecto, su pene se había convertido en un potente ariete que parecía a punto de romper la delgada tela de su pantalón y, en la punta de él, se notaba una mancha nada pequeña de humedad debida a la secreción de líquidos seminales.
Haciendo un esfuerzo para separar la vista de aquel estupendo bulto, proseguí.
—La siguiente tarea te va a proporcionar, creo, un poco de alivio. Consiste en dejarlo al aire, sacándolo fuera del pantalón, en cuanto lo hagas podrás cambiar tu billete de cincuenta pesos por el de cien. —Encantado de la vida —dijo desabrochando la hebilla del cinturón y bajando, dicho pantalón, y además la trusa, a las rodillas dejando al aire, no solo la hermosísima verga balanceándose arrogante con el enrojecido glande que parecía a punto de explotar, sino además un par de poderosos y potentes testículos y una mata de abundante velocidad que aumentaban la hermosura del conjunto que me tenía fuertemente hipnotizado y con la lengua nadando en una abundante secreción de saliva.
—A partir de este momento, debo de participar contigo en la ejecución de las tareas. Te advierto que irá aumentando el grado de dificultad. —Adelante —contestó con voz entrecortada y cerrando los ojos— pero date prisa porque me está costando trabajo mantener el control. Tengo unas ganas locas de jalármela y eyacular. —Para que puedas cambiar tu billete de cien pesos por el de doscientos tendrás que permitirme subir y bajar tres veces la piel que lo cubre de la base a la punta y regresarla tirándola de la punta a la base, sin e-ya-cu-lar —le dije recalcando la palabra.
—Ssssssssssss —hizo un sonido silbante aspirando aire entre los dientes y tragó saliva— Muy bien, puedes hacerlo, nada más cuento primero del uno al tres lentamente, mientras me concentro… uno… dos… tres. Adelante.
Asentí y lo vi cerrar los ojos. .
—De acuerdo, concéntrate, aquí voy.
Cerré mi mano alrededor de aquél estupendo trozo de carne repleto de vida, vigor, calor y energía y sentí que era yo el que no podía controlar el orgasmo. Me sentía volando hacia el paraíso, era una verdadera gloria sentir la temperatura, la dureza y la humedad de aquel delicioso instrumento de placer por el que sentía correr a raudales la vida y subiendo y bajando la mano oprimiendo suavemente aquel fierro candente, empecé, con marcada lentitud.
—Uno… —subí y bajé la mano con una firme y suave caricia— dos… —volví a subir y bajar— tres… —nuevamente hacia arriba y hacia abajo y luego, haciendo un esfuerzo sobrehumano abrí la mano y solté mi encantadora presa, la que se balanceó provocativa.
No pude contener un suspiro, al tiempo que él lanzaba un gemido sordo.
—Va por el de quinientos —anuncié— Ahora, para cambiar tu billete de doscientos por el de quinientos voy a acercar mi boca a la punta de tu pene, voy a pegar a el mis labios y voy a depositar tres cariñosos, cálidos y húmedos besos en el mientras tú, haciendo un esfuerzo, y en absoluto silencio, sin meter las manos, te concentras para no llegar al orgasmo. ¿Entendido?
—Va por el de quinientos —repitió como reafirmando.
Acerqué mis labios y, al sentir el roce de mi aliento, su pene respingó. Él cerró los ojos buscando la mayor concentración. Lo vi apretar los puños y contener la respiración, sentí su cuerpo tenso mientras yo depositaba tres besitos suaves y tiernos, adicionados con una leve caricia de mi lengua, en la punta de su adorable instrumento. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no ser yo el que eyaculara, sentía un fuerte impulso para detener el esperma que luchaba por salir expulsado de mi candente pene. Pasado el momento sentí como soltaba el aire contenido en sus pulmones y aflojaba los músculos de su cuerpo tenso. Admiré su fuerza de voluntad… y me sorprendí de la mía.
—Te felicito, amigo, no creí que pudieras aguantar. Ya tienes quinientos. —Voy por el de mil —me interrumpió— quiero los mil pesos. —Te admiro —le dije— nunca creí que pudieras aguantar hasta aquí. La siguiente sería la última tarea ¿Estás seguro de que quieres avanzar? Si fallas, lo perderás todo. Vuelvo a preguntarte ¿Quieres seguir?
—Rápido, adelante —Y con los ojos cerrados, el cuerpo tenso y el pene escandalosamente erecto al aire, se quedó en silencio. —Esta es la última tarea. Aquí puedes llegar a tener mil pesos o perderlo todo. Te pregunto una vez más ¿Quieres continuar?
No pronunció ninguna palabra, sólo hizo un movimiento afirmativo de cabeza
Está bien, es tu voluntad. Esta última tarea consiste en… —aquí hice una pausa antes de proseguir— en permitir que yo ponga mis labios en la punta de tu verga y le permita que, lentamente, penetre en mi boca. Yo permaneceré chupando durante quince segundos que contaré dando pequeños golpes sobre tus caderas. Si al dar el último golpe no has explotado arrojando tus chorros de semen hacia mi garganta, yo me daré por vencido, abriré mi boca, me retiraré y habrás ganado ¿Entendido?
Un movimiento afirmativo con la cabeza me respondió.
Acerqué mis labios a la cabeza ardiente de su pene, los entreabrí sintiendo como aquella deliciosa barra viva de exquisita carne iba penetrando arrastrándose y palpitando sobre mi lengua y empecé a chupar con gula; cada chupada era un paso que me acercaba a la gloria; mis manos golpeaban pausadamente calculando los segundos sobre sus caderas… seis… siete… ocho…cada segundo me acercaba más y más a un incontenible orgasmo y al disfrute de un placer grandioso, exorbitante, desmesurado como nunca lo había sentido… doce… trece… catorce… al llegar a los quince segundos, acepté que ya había yo perdido y me preparé, haciendo un esfuerzo, a retirarme. En ese exacto momento, sus dos manos, como dos tenazas de hierro, sujetaron mi cabeza y lo oí exigir, con voz ronca en un grito difícilmente contenido:
—No te detengas. Sigue. Sigue chupando. Me vale madre el dinero. Quédate con él, pero sigue mamando. ¡Me estás llevando al cielo! ¡Qué delicia! ¡Qué gozo! ¡Qué maravilla! Nunca me la habían mamado así. No te detengas. Sigue, sigue así, cabrón, máaaaaaaaasssss, máaaaaaassssss, asiiiiiiií.
En ese mismo instante, al unísono también, con una sincronía perfecta, arqueó el cuerpo y su verga empezó a llenar mi boca con abundantes chorros de su riquísimo semen con un exquisito sabor a suavemente salado sudor, leche y miel, mientras mi pene explotaba arrojando borbollones de esperma.
A partir de entonces ya no competimos, ya no hacemos apuestas, pero nos amamos intensamente y seguiremos amándonos por toda la vida.
Gracias por leer nuestra historia, los dejo, está tocando en estos momentos mi proveedor de leche, digo… de agua, bueno… de todo. Ustedes comprenden ¿verdad?
Autor: Aquel
Empiezo por comentarles que, en la ciudad donde vivo, el agua sale de los grifos clara y transparente, pero no lo suficientemente pura como para poderse beber por lo que la usamos únicamente para la ducha, el lavado de la ropa, el aseo de la casa en general, el mantenimiento del jardín, etc. y, para beber, hay empresas que, a precios módicos, entregan el agua potable a domicilio, envasada en garrafones de diverso cupo, generalmente de veinte litros.
Los trabajadores que hacen el reparto en las casas habitación hacen un constante ejercicio de levantamiento de pesas al manejar para su entrega esos garrafones, lo que no sólo los mantiene ágiles, sino que, al cabo del tiempo les proporciona una estructura muscular que los hace verse espectaculares: pechos amplios, espaldas anchas y bíceps maravillosamente bien desarrollados, aunque no todos son amables y bien parecidos.
En la ruta donde se ubica la casa donde vivo, hace alrededor de dos meses, cambiaron al repartidor. De un hombre maduro y, para mi gusto, demasiado adusto, a un nuevo trabajador que, a golpe de vista me cautivó; era joven (veintipocos años) una piel con ese tono dorado que adquieren los hombres rubios por la exposición constante al sol; una cara de facciones regulares, una mirada amable en unos ojos de color aceitunado, una risa fácil, alegre y contagiosa y un cuerpo con el desarrollo muscular al que arriba me refería; todo ello adicionado con un viril y grato tono de voz y una risa pronta, alegre y contagiosa. “Tiene cara de ángel y cuerpo de demonio lujurioso”, escuché comentar a una vecina. “Una escultura griega”, pensé yo, que milagrosamente, ha cobrado vida con todas las características que ello implica, es decir, ágiles y seguros movimientos -¡Qué sensualmente se mueve! grato aroma –es limpio, pero se percibe un sutil olor a macho cuando se te acerca- agradable sonido –tiene un incitante timbre en su risa y en su voz.
En pocas palabras, un ejemplar de varón como para acostarse todo un día y muchos más con él y disfrutarlo sin separarse de él un solo minuto.
Unos días antes de la Navidad el nuevo repartidor me mostró unos volantes en los que se ilustraban algunos objetos promocionales, obsequio de su empresa, para que escogiera cada cliente el que fuera de su agrado. Escogí un secador de felpa para platos, y cubiertos, con el estampado y color adecuados a la decoración de mi cocina.
—Escogió usted con buen gusto, señor, esas toallas están muy bonitas y, precisamente por eso, fueron, hoy, las que primero se me acabaron, pero se la traigo mañana ¿qué le parece? O tal vez hoy, al terminar el turno, si acabo temprano.
—Me parece muy bien —acepté, pensando en que si me la traía al terminar su turno, podría invitarlo a pasar a la casa y tal vez hubiera oportunidad de tener algún acercamiento con él, aunque, recapacité, no era muy factible.
Pero lo fue; ya había yo olvidado el incidente cuando, alrededor de las seis de la tarde sonó el timbre, abrí la puerta y ahí estaba mi escultura griega en vivo y a todo color, con una bolsa bajo el brazo y las manos dentro de las bolsas del pantalón, como si estuviera jugando pin-pon con los maravillosos testículos que yo imaginaba.
—Tal como quedamos, señor, aquí traigo la que le gusta – e hizo una inclinación de cabeza como si señalara su tan deseada herramienta.
Un demonio pícaro y lujurioso me dictó la respuesta que hasta a mí me sorprendió oírmela decir.
— ¿Me está usted albureando? –El albur es, en mi país, la frase de doble sentido con la que se dicen, en forma disimulada las cosas más atrevidas- ¿Quién le dijo que la cosa que trae usted ahí, en medio de las piernas, me gusta?
—No señor, discúlpeme, yo no quise decir eso —me dijo tartamudeando, mientras sacaba las manos de sus bolsas agitándolas como si quisiera borrar con ese movimiento lo antes dicho y dejando caer la bolsa de papel que llevaba bajo el brazo— no me interprete mal, señor, yo lo respeto.
—Mire —proseguí como si no lo escuchara— para empezar, ni yo mismo sé si me gusta o no porque ni siquiera la he visto. Pase —lo tomé del brazo y lo hice pasar, cerrando la puerta— ¿Me la piensa mostrar? — ¿Yo, señor? Es que… —y giraba su cabeza hacia un lado y otro, como si buscara por donde escapar —Discúlpeme, señor, esto ha sido un “malentendido” yo hablaba de la toalla que traía en la bolsa que se me cayó y se quedó tirada afuera de la puerta. Por favor señor, si en la empresa se enteran de este incidente, voy a tener problemas, tengo pocos días de haber entrado y necesito mucho el trabajo.
— ¿Eres ya casado? —pregunté sin saber por qué y cambiando del “usted” al “tú”. —Si señor, acabo de cumplir un año de haberme casado. —Y… ¿eres ya papá? —Si, ya; tengo una bebita de un mes.
—Eso justifica tu preocupación por conservar el trabajo. Por cierto, un amigo mío, que presume saber mucho de esas cosas asegura que, siendo los hombres los que deciden el sexo de los hijos, los que quienes tienen hijas mujeres es porque son sexualmente muy activos y tienen relaciones con mucha mayor frecuencia que los que tienen hijos varones ¿Es cierto eso? ¿Tú qué dices?
—Yo diría que si es cierto —dijo conteniendo una sonrisa presuntuosa— Ya se imaginará cómo ando todo el día ahora que estoy en cuarentena. —¿Debo entender que me estás pidiendo una ayudadita?—No, señor. La ayudadita, en cuanto a sexo, sólo podrá pedírsela a una mujer y, en cuanto a recursos económicos, tengo mi trabajo y no pido ni acepto limosnas.
Su actitud me agradó y, con estas observaciones, mi cerebro empezó a trabajar a gran velocidad mientras seguía sosteniendo la conversación.
—No te preocupes, creo que estoy encontrando una solución a tus problemas. Te aseguro que no pretendo suplir a una mujer ni sería capaz de ofenderte con una limosna. Mi proposición es esta —continué— voy a retarte a participar en un juego en el que, si pones algo de tu parte, podrás obtener, no una limosna, sino una ganancia en dinero y, con un poco de buena voluntad, un desahogo… “emocional” ¿Lo intentamos? — ¿Por qué no? Usted me dice cómo. —El requisito es que te despojes de conceptos prejuiciosos y te concentres en cumplir ciertas tareas sumamente fáciles y, en este caso, lucrativas.
—Bueno, si no es algo muy difícil…empecemos. —En primer lugar, voy a sacar de mi cartera un billete de cada una de las denominaciones en circulación ¿puedes decirme cuales son? —Si señor, eso es muy fácil. Y si le digo cuántas denominaciones existen ¿ya gané? —No, ja, ja, ja, si me dices cuantas denominaciones existen empezamos el juego. —Está bien, Existen billetes de veinte, de cincuenta, de cien, de doscientos, de quinientos y de mil pesos.
—Correcto. Como ves estoy colocando aquí sobre la mesa un billete de cada denominación y empezamos con el billete más bajo, El de veinte pesos. Si cumples con la tarea que voy a señalarte es tuyo. Después de eso, cambiaremos ese billete con el que le siga en valor y te indicaré una tarea fácil de cumplir, si lo haces, cambiarás el billete que tienes por el de la denominación siguiente y así sucesivamente. Cada nueva tarea que cumplas, tu billete será cambiado por otro que será el que le sigue de mayor valor. ¿Entendido?
—Entendido.
Le acerqué el billete de veinte pesos mientras observaba fijamente la expresión de su rostro.
—Acomódate el pene por encima del pantalón, ajustando la tela para que muestre su forma y su tamaño —le dije pausadamente.
Me miró unos segundos extrañado.
— ¿Para qué? Estoy cómodo así, empecemos el juego. —El juego ya empezó —le aclaré— esa es la primera tarea. Marca la forma y el tamaño de tu pene por encima del pantalón. — ¿Qué estás diciendo? —preguntó con un gesto de incómoda incredulidad, cambiando la forma de trato al “tuteo”— esto parece el castigo de uno de esos juegos estúpidos que jugábamos en la escuela primaria. —Si, creo que es así, ¿Quieres hacerlo? O pierdes y aquí termina el juego.
—No, no, no —se apresuró a decir— voy a hacerlo, pero me siento como un imbécil haciendo una demostración de las dimensiones y forma de mi pene —y, después de una pausa, mientras resaltaba la forma con la tela, por cierto muy delgada del pantalón, agregó— quiero aclararte que no me siento avergonzado de mi miembro viril, sino muy orgulloso y no tengo por qué avergonzarme de él. Como puedes ver, estoy bastante bien dotado, es grueso y de bastante buen tamaño, sobre todo cuando se pone en estado de erección que es lo que parece empieza a pasar ahora.
—En este caso el billete de veinte pesos ya es tuyo y puedes cambiarlo por el de cincuenta pesos si logras ponerlo, mediante frotamientos y ligeros apretones, antes de quince segundo en estado de erección. —No hacía falta que lo dijeras, en este momento ya ha alcanzado, como ves, su máxima dimensión.
En efecto, su pene se había convertido en un potente ariete que parecía a punto de romper la delgada tela de su pantalón y, en la punta de él, se notaba una mancha nada pequeña de humedad debida a la secreción de líquidos seminales.
Haciendo un esfuerzo para separar la vista de aquel estupendo bulto, proseguí.
—La siguiente tarea te va a proporcionar, creo, un poco de alivio. Consiste en dejarlo al aire, sacándolo fuera del pantalón, en cuanto lo hagas podrás cambiar tu billete de cincuenta pesos por el de cien. —Encantado de la vida —dijo desabrochando la hebilla del cinturón y bajando, dicho pantalón, y además la trusa, a las rodillas dejando al aire, no solo la hermosísima verga balanceándose arrogante con el enrojecido glande que parecía a punto de explotar, sino además un par de poderosos y potentes testículos y una mata de abundante velocidad que aumentaban la hermosura del conjunto que me tenía fuertemente hipnotizado y con la lengua nadando en una abundante secreción de saliva.
—A partir de este momento, debo de participar contigo en la ejecución de las tareas. Te advierto que irá aumentando el grado de dificultad. —Adelante —contestó con voz entrecortada y cerrando los ojos— pero date prisa porque me está costando trabajo mantener el control. Tengo unas ganas locas de jalármela y eyacular. —Para que puedas cambiar tu billete de cien pesos por el de doscientos tendrás que permitirme subir y bajar tres veces la piel que lo cubre de la base a la punta y regresarla tirándola de la punta a la base, sin e-ya-cu-lar —le dije recalcando la palabra.
—Ssssssssssss —hizo un sonido silbante aspirando aire entre los dientes y tragó saliva— Muy bien, puedes hacerlo, nada más cuento primero del uno al tres lentamente, mientras me concentro… uno… dos… tres. Adelante.
Asentí y lo vi cerrar los ojos. .
—De acuerdo, concéntrate, aquí voy.
Cerré mi mano alrededor de aquél estupendo trozo de carne repleto de vida, vigor, calor y energía y sentí que era yo el que no podía controlar el orgasmo. Me sentía volando hacia el paraíso, era una verdadera gloria sentir la temperatura, la dureza y la humedad de aquel delicioso instrumento de placer por el que sentía correr a raudales la vida y subiendo y bajando la mano oprimiendo suavemente aquel fierro candente, empecé, con marcada lentitud.
—Uno… —subí y bajé la mano con una firme y suave caricia— dos… —volví a subir y bajar— tres… —nuevamente hacia arriba y hacia abajo y luego, haciendo un esfuerzo sobrehumano abrí la mano y solté mi encantadora presa, la que se balanceó provocativa.
No pude contener un suspiro, al tiempo que él lanzaba un gemido sordo.
—Va por el de quinientos —anuncié— Ahora, para cambiar tu billete de doscientos por el de quinientos voy a acercar mi boca a la punta de tu pene, voy a pegar a el mis labios y voy a depositar tres cariñosos, cálidos y húmedos besos en el mientras tú, haciendo un esfuerzo, y en absoluto silencio, sin meter las manos, te concentras para no llegar al orgasmo. ¿Entendido?
—Va por el de quinientos —repitió como reafirmando.
Acerqué mis labios y, al sentir el roce de mi aliento, su pene respingó. Él cerró los ojos buscando la mayor concentración. Lo vi apretar los puños y contener la respiración, sentí su cuerpo tenso mientras yo depositaba tres besitos suaves y tiernos, adicionados con una leve caricia de mi lengua, en la punta de su adorable instrumento. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no ser yo el que eyaculara, sentía un fuerte impulso para detener el esperma que luchaba por salir expulsado de mi candente pene. Pasado el momento sentí como soltaba el aire contenido en sus pulmones y aflojaba los músculos de su cuerpo tenso. Admiré su fuerza de voluntad… y me sorprendí de la mía.
—Te felicito, amigo, no creí que pudieras aguantar. Ya tienes quinientos. —Voy por el de mil —me interrumpió— quiero los mil pesos. —Te admiro —le dije— nunca creí que pudieras aguantar hasta aquí. La siguiente sería la última tarea ¿Estás seguro de que quieres avanzar? Si fallas, lo perderás todo. Vuelvo a preguntarte ¿Quieres seguir?
—Rápido, adelante —Y con los ojos cerrados, el cuerpo tenso y el pene escandalosamente erecto al aire, se quedó en silencio. —Esta es la última tarea. Aquí puedes llegar a tener mil pesos o perderlo todo. Te pregunto una vez más ¿Quieres continuar?
No pronunció ninguna palabra, sólo hizo un movimiento afirmativo de cabeza
Está bien, es tu voluntad. Esta última tarea consiste en… —aquí hice una pausa antes de proseguir— en permitir que yo ponga mis labios en la punta de tu verga y le permita que, lentamente, penetre en mi boca. Yo permaneceré chupando durante quince segundos que contaré dando pequeños golpes sobre tus caderas. Si al dar el último golpe no has explotado arrojando tus chorros de semen hacia mi garganta, yo me daré por vencido, abriré mi boca, me retiraré y habrás ganado ¿Entendido?
Un movimiento afirmativo con la cabeza me respondió.
Acerqué mis labios a la cabeza ardiente de su pene, los entreabrí sintiendo como aquella deliciosa barra viva de exquisita carne iba penetrando arrastrándose y palpitando sobre mi lengua y empecé a chupar con gula; cada chupada era un paso que me acercaba a la gloria; mis manos golpeaban pausadamente calculando los segundos sobre sus caderas… seis… siete… ocho…cada segundo me acercaba más y más a un incontenible orgasmo y al disfrute de un placer grandioso, exorbitante, desmesurado como nunca lo había sentido… doce… trece… catorce… al llegar a los quince segundos, acepté que ya había yo perdido y me preparé, haciendo un esfuerzo, a retirarme. En ese exacto momento, sus dos manos, como dos tenazas de hierro, sujetaron mi cabeza y lo oí exigir, con voz ronca en un grito difícilmente contenido:
—No te detengas. Sigue. Sigue chupando. Me vale madre el dinero. Quédate con él, pero sigue mamando. ¡Me estás llevando al cielo! ¡Qué delicia! ¡Qué gozo! ¡Qué maravilla! Nunca me la habían mamado así. No te detengas. Sigue, sigue así, cabrón, máaaaaaaaasssss, máaaaaaassssss, asiiiiiiií.
En ese mismo instante, al unísono también, con una sincronía perfecta, arqueó el cuerpo y su verga empezó a llenar mi boca con abundantes chorros de su riquísimo semen con un exquisito sabor a suavemente salado sudor, leche y miel, mientras mi pene explotaba arrojando borbollones de esperma.
A partir de entonces ya no competimos, ya no hacemos apuestas, pero nos amamos intensamente y seguiremos amándonos por toda la vida.
Gracias por leer nuestra historia, los dejo, está tocando en estos momentos mi proveedor de leche, digo… de agua, bueno… de todo. Ustedes comprenden ¿verdad?
Autor: Aquel

