Lo que aca encontras

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Comenzando la convivencia

Lo que comenzó siendo una historia de lo más normal, acabó siendo una aventura de lo más emocionante. Vivo en una ciudad mediterránea, el calor es algo normal, sobretodo en verano; época en la que la gente se reúne alrededor de una piscina, ya sea propia o de algún conocido, a refrescarse. Mi familia siempre había tenido la costumbre de hacer reunir a todos los sobrinos durante una semana en la casa de algún familiar con piscina. Allí nos divertíamos y jugábamos, y creamos grandes lazos de afectos entre unos y otros. Especialmente yo con mi primo Juanjo, de solo un año menos de edad.

Me llamo Roberto y tengo 19 años para 20. Tengo el pelo oscuro, corto cortado a tijera, con unas patillas delgadas que continúan hasta casi la barbilla, los ojos marrones y mido como 1.70m, soy claro de piel y apenas tengo vello corporal. Estoy delgado y algo musculado ya que salgo a correr un par de tardes por semana, siempre consigo encontrar un hueco en el día para mi sesión de footing. Sigo viviendo con mis padres, y estudio en la universidad de la ciudad donde intento sacarme una carrera de telecomunicaciones. Mi primo Juanjo y yo íbamos algún tiempo pensando en alquilar un piso al lado de la universidad (ya que él también estudiaba allí) y ser compañeros de piso. No estábamos seguros de cómo sería la convivencia, porque según se dice, no conoces a nadie al cien por cien hasta que no convives con él; así que para probar, mi primo tuvo una idea. Normalmente sus padres se iban todos los años dos semanas de vacaciones, y este año no iba a ser diferente; así que propuso que fuese a pasar ese tiempo a su casa, y viésemos que tal nos iba. A mi no me pareció mala idea y acepté.

Ya era el día de alojarme en su casa para ver como funcionábamos bajo el mismo techo. Cogí la maleta con la ropa que la noche anterior preparé, me despedí de mis padres y cogí el coche. Mi casa estaba a unos veinte minutos en coche de la de Juanjo, y ambas casa a 40 minutos de la universidad. Durante el viaje estaba un poco nervioso imaginando como acabaríamos tras estas dos semanas; y no dejé de darle vueltas al asunto hasta que entré al garaje de su chalet. Mi primo vivía en un chalet, era el único de la familia que lo hacía. Una casa de dos plantas, con jardín rodeando, una piscina propia… una casa en la que ya me gustaría a mi vivir.

Abrí la puerta del coche, salí del garaje y lo primero con lo que me encontré fue con mi primo en bañador esperándome en la terraza que daba a la puerta de entrada a la casa. Estaba moreno del sol, tomaba el color en verano muy fácil. Tenía el pelo castaño y algo corto, los ojos verdes y una boca que era la locura de todas sus amigas. En cuanto al cuerpo era delgado, no demasiado musculado ya que no tenía tiempo de hacer ejercicio con sus estudios, medía 1.78m y no tenía demasiado pelo.

Juanjo estaba mojado, al parecer le había pillado dándose un baño en la piscina, pero no dudé en darle un abrazo. Me suelo fijar siempre demasiado de todo, y una cosa que noté es que mi primo no usaba calzoncillos bajo el bañador. Se le notaba completamente el paquete. Estaba en estado de reposo, pero aun así se le notaba la forma de la punta. Hay una cosa que no sabe nadie de mí, y es que soy bisexual. Toda mi familia piensa que soy heterosexual, pero no es así. Me gustan tanto los hombres como las mujeres, aunque solo haya experimentado con mujeres hasta el momento. Y ese primer contacto con mi primo me puso un poco a tono.

Agarré la maleta, y me invitó a pasar a la casa. Dentro se estaba fresquito, tenía las ventanas abiertas y había una brisa muy agradable en el interior. Le pregunté en que dormitorio iba a dormir y me acompañó a él. Iba a dormir en su habitación, mientras que el dormiría en la de sus padres. No eran más que las 12 del medio día, y haciendo calor como hacía no dudé en darme un chapuzón en esa piscina tan maja que tenían en la parte de atrás de la parcela. Juanjo me dijo que se adelantaba a darse el baño, que me esperaba abajo. Estar en una casa sin padres, ni mujeres me daba la libertad de poder desnudarme y cambiarme de ropa sin tener que cerrar la puerta, me puse mi bañador de color azul decorado con unas manchas amarillas y mientras colgaba la ropa de calle que llevaba puesta antes en la percha, me di cuenta de que el cuarto de Juanjo daba a la piscina. Me asomé a ver que hacia mi primo; desde hacía unos años que me había resultado atractivo, jamás ha habido pudor entre nosotros dos, nos cambiábamos en la misma habitación, y no ha habido problema en vernos desnudos, pero a mucho pesar mío, nunca llegamos a más. No sabía las preferencias sexuales de Juanjo y tenia miedo de si me lanzaba yo perder nuestra relación.

Continué mirándole un minuto más por la ventana y bajé. Al parecer no tenia intención de meterse de nuevo al agua, estaba dándose crema por el cuerpo y pretendía tomar el sol. Me pidió que le repartiese protección solar por la espalda, lo hice, y acto seguido me levanté y me tiré al agua de cabeza. Mientras había estado dándole crema en la espalda yo empecé a tener una erección, que empezó siendo discreta, pero que al final terminó siendo más que evidente; tenía que bajarla de alguna manera. Yo desde el agua y el tumbado en una tumbona cerca de la piscina nos pusimos a hablar un rato de cómo nos iban nos estudios, de anécdotas con amigos, de cómo íbamos a organizarnos en casa, vamos, de todo…

Llegó un momento que los temas de conversación se acabaron, debido posiblemente al cansancio que daba ese sofocante calor y Juanjo me dijo que le gustaría dormir una pequeña siesta al sol antes de comer, yo asentí con la cabeza dándole a entender que sin problema, pero la cosa no acababa ahí; también me preguntó que se le importaba que lo hiciese desnudo, que normalmente lo hacía así y que preguntaba por si a mi me molestaba. Yo le contesté que sin problema, no vería nada que no hubiese visto ya (y era cierto, como ya dije, más de una vez nos hemos cambiado en la misma habitación). Mi primo sonrió y se bajó el bañador, como ya sospeché hace unas horas, no llevaba calzoncillos.

Se tumbó boca arriba, se puso las gafas de sol y ahí me dejó: metido en el agua con una maravillosa perspectiva de todo su miembro. Para estar en reposo era bastante grande, estaba del mismo tono que el resto del cuerpo, depilado y sin circuncidar. Yo no sabia que hacer, si quedarme en el agua contemplando, o salir e imitar a mi primo y tomar el sol un rato. Opté por la segunda opción, me concentré para bajar la pequeña erección que volvía a tener y salí del agua. Me senté en la tumbona que estaba al lado de la de Juanjo y me puse un poco de crema protectora hasta donde yo solo podía y me tumbé boca arriba también. Jamás había probado eso de tomar el sol desnudo. Si que es verdad que delante de mi primo no me daba vergüenza desnudarme, pero me daba algo de pudor hacerlo en un espacio abierto, aunque este estuviese vallado, sea propiedad privada y esté lejos de mirones. Hice un acto de valentía y me despojé del bañador de una vez, incluidos los calzoncillos. Mi primo que hasta entonces no había dado señales de vida dijo con ánimo “¡ese es mi primo!” sonrió y volvió a quedarse callado. Me volví a tumbar boca arriba y entrecerré los ojos hasta que me quedé dormido.

Cuando me desperté no habría pasado más de medía hora. Abrí un poco los ojos y vi algo que me dejó parado; mi primo se estaba masturbando delante de mí. Al parecer había esperado a que me quedase dormido para él empezar. Su polla estaba en plena erección, le debía de medir unos 17 cm. Me quedé mirando ese hipnótico sube y baja hasta que me di cuenta de que mi polla también se había puesto firme, y al parecer no era el único que se había dado cuenta. Mi primo me estaba mirando. Se rió y me dijo que me uniese, que las pajas al aire libre y al sol sientan mucho mejor. Ya que estábamos puestos comencé yo también.

Mi polla no medía tanto como la de mi primo, la última medida hace unas semanas decía 16,4 cm. pero parecía más gruesa. La mía estaba circuncidada y no estaba depilada, aunque no tenia demasiado pelo (como ya dije antes, no soy muy velludo). No pensaba que una paja en esa situación sería tan gratificante. El sol y el calor, y sobretodo el hecho de que Juanjo estuviese haciendo lo mismo que yo a unos centímetros me ponía a cien. Tanto me puso que no tardé demasiado en correrme, aunque me habría gustado aguantar más. Me corrí sobre la mano y me limpié con una caja de pañuelos de papel que había puesta estratégicamente en una mesa cercana. Cuando volví de limpiarme Juanjo todavía seguía allí. Concentrado, con cara de placer, moviendo ligeramente la cintura con cada bajada de la mano alrededor de su polla. Debía de estar gozando mucho. Yo mientras tanto me había vuelto a sentar y había comenzado a pajearme de nuevo.

A los pocos segundos de que comenzase con mi nueva paja, mi primo, sin dejar de masturbarse me propuso que algo.

-Primo ¿Por qué no nos masturbamos mutuamente?, he leído que da mucho gusto eso de que una mano ajena te haga una paja –dijo mirándome a la cara y luego bajando ligeramente la mirada a mi ardiente polla- pero no te apures, ¡sin mariconadas! -… Vale –dije poniendo cara de que no me hacía demasiada ilusión, aunque en realidad era lo que estaba esperando.

Agarré la tumbona en la que estaba yo, la acerqué a la de Juanjo, y me tumbé. Fui el primero en tomar el miembro del otro. Empecé a hacerle una paja de la mejor forma que sabía hacer. De manera relajada y recorriendo de arriba abajo toda la longitud de la polla acariciando con la punta de los dedos los testículos cuando bajaba. Mi primo ya comenzó también con su parte y empezó a masturbarme a mí. A diferencia que yo, él me masturbaba a su modo, rápido e intenso, chocando su borde de la mano contra mi pelvis con cada bajada. Estaba excitadísimo, disfrutaba teniendo ese rollo de carne caliente y palpitante en mi mano y sabiendo que con ello estaba haciendo disfrutar a otra persona; un goce mutuo. Subía con mi mano por su miembro apretando ligeramente hasta el final, y calmadamente volvía a bajar haciendo que su capullo se descubriese al máximo.

Notaba que con cada movimiento mío, el movía la cadera hacia delante debido al gusto. Por otro lado yo otro lado también estaba disfrutando enormemente de la paja que él me hacía a mi. Yo acostumbraba a masturbarme lentamente, pero la manera brusca con la que lo hacía Juanjo no estaba mal del todo, notaba como mis bolas con cada golpe se tambaleaban de un lado a otro, y daba mucho gusto.

Estuvimos largo rato haciéndonos gozar hasta que empecé a notar que mi primo estaba empezando a sudar más, que ponía tensa la polla y que el movimiento de cadera era cada vez más evidente. Estaba llegando al clímax.

-Ahhhh, ahh!! ¡Me corro! –dijo con la voz ligeramente temblorosa.

Y acto seguido soltó su leche caliente. Las primeras gotas de semen le cayeron sobre el pecho, y el resto se fueron escurriendo sobre mi mano, entre mis dedos. Tras eso, yo estaba que no podía más, y sin apenas tiempo para avisar yo también me corrí. Mi corrida no llegó tan lejos, y no eyaculé gran cantidad de semen puesto que yo ya había eyaculado antes; pero aun así creo que fue el mejor orgasmo que había tenido en mi vida. Y ahí estábamos mi primo y yo; yo con su leche en mi mano y él con la mía en la suya. Ambos estábamos con la respiración acelerada, mirándonos y con la mirada relajada.

-¿Ves como sientan muy bien las pajas al aire libre?

Asentí con la cabeza de manera cansada, nos levantamos de las tumbonas, nos lavamos las manos y nos fuimos a preparar la comida.

Como ya comenté antes, el estar en una casa solo de hombres daba cierta libertad, como la de poder ir desnudo todo el día por la casa sin poner incomodo a nadie. Hacía un calor horrible, y el estar sin ropa ayudaba bastante a combatirlo.

Estuvimos todo el resto del día tranquilos, en casa, sin visitas. Jugando a la videoconsola, viendo la tele… llegó la hora de dormir y cada uno nos fuimos a nuestras respectivas camas. Juanjo a la de sus padres y yo a la de Juanjo. Juanjo parece que dormía como un tronco, no oía ningún ruido de allí; yo por otro lado no podía pegar ojo pensando en lo de la mañana en la piscina. Me hice una gran paja recordando la muy buena experiencia de esta mañana y me dormí.

Aun quedan muchos días en esta casa.

Continuará…

Autor: Kevin

sábado, 27 de diciembre de 2008

Hermosas piernas!

viernes, 26 de diciembre de 2008

Sigue moviendo el cu cu

jueves, 25 de diciembre de 2008

Otra pajita

miércoles, 24 de diciembre de 2008

A mover el cu cu..

martes, 23 de diciembre de 2008

En la compu

lunes, 22 de diciembre de 2008

Jugueton en el baño

domingo, 21 de diciembre de 2008

Que feliz esta!

sábado, 20 de diciembre de 2008

Con un amigo

La historia que voy a contar ocurrió no hace mucho, apenas hace dos meses con uno de mis amigos.

Yo siempre he sido gay, pero ninguno de mis amigos lo sabía. También resulta que uno de mis amigos siempre me ha gustado, pero él tenía novia. Este chico, Pablo, es uno de esos al que le gusta cuidarse e ir al gimnasio. Rubio aunque de ojos marrones y alto, y muy guapo. Yo, Roberto, en cambio soy de pelo negro, más bajo que él, aunque también soy de esos que van al gimnasio.

Un día, mis amigos y yo, fuimos a dar una vuelta pero nos aburríamos mucho, por lo que decidimos ir a la casa de uno de ellos. Cuando llegamos, algunos se pusieron a jugar a la consola, y otros al ordenador. Entre los que estábamos en el ordenador, Pablo. Parecía lógico que tuviéramos que entrar en una página de tías en pelotas. Yo como nadie sabía lo mío, hice como si me interesara, aunque la verdad no me gustaba para nada. Entonces eso que el de la casa, propuso algo diciendo:

—Estoy súper caliente.

Lógicamente yo era el único, o creo que era el único que no lo estaba por haber visto a esas chicas en pelotas. Esto que llegaron los dos del salón y dijo uno de ellos:

— ¿Nos hacemos unas pajas?

Yo al oír eso, me empecé a excitarme, podría verle el pene a Pablo. Pero algo ocurrió, Pablo dijo algo:

— ¿Esto no es de gays?

Todos, lo pensaron y al final no nos masturbamos. Una pena para mí, que iba a poder ver el pene de mi amigo. Ya era tarde por lo que nos marchamos. Mi casa esta cerca de la de Pablo. Por el camino Pablo y yo íbamos hablando, entonces yo dije:

— ¿Qué tal la novia? Hace mucho que no te veo con ella. —Ya, es que estamos algo mal, no se si quiero seguir con ella. — ¿Piensas dejarla? —La verdad es que esta noche tengo que hablar con ella, pero lo más seguro es que si que la deje.

Cuando escuché eso de la boca de mi amigo, me quedé sin palabras. Sabía que no era gay, y que siempre había estado con chicas. Pero mejor con nadie que sin mí. Me despedí de él. Era sábado por lo que salimos todos los de la banda menos Pablo que estaba hablando con su novia. Nos fuimos de fiesta. Ya era tarde y vimos como Pablo se acercaba a nosotros. Nos contó que lo había dejado con su novia (La verdad es que no era muy buena persona esa chica) Al día siguiente, fui a buscar a Pablo para salir, como solíamos hacer. Yo empezaba la ruta para ir a buscar a los chicos.

Cuando llegué a casa de Pablo, me abrió la puerta con el torso desnudo. Yo disimulé mi excitación. Me dijo que sus padres se habían ido, y que volverían el lunes. Me dijo que tenía que ducharse y que podía usar el ordenador de su habitación si quería mientras se duchaba. Esperé un rato en su habitación y entró. Con una tolla que le cubría la parte de abajo. Entonces (lo que hizo no me lo podía ni imaginar) se quitó la toalla y se quedó desnudo delante de mí, mostrándome su pene depilado, sin estar erecto, pero aún así bien dotado. Pero comenzó a vestirse. Yo que había estado mirándole sin que se diera cuenta todo el rato me quedé atontado, mi pene estaba durísimo. Pablo se me quedó mirando y me dijo:

— ¿Te pasa algo? —No. ¿Te puedo hacer una pregunta? — Si. — ¿Te depilas el pene?

Cuando dije esto creí que mi amistad se iba a acabar para siempre.

—La verdad es que sí. Me gusta tenerlo depilado.

Entonces me hizo él la misma pregunta sobre si yo me depilaba. Entonces le dije que sí. El día pasó. Pasó una semana, ya era viernes. Pablo y yo estábamos en el parque esperando a los demás a que aparecieran. Entonces hablamos, él me dijo:

— ¿Cuándo vas a tener una novia? —Novia… No sé, de momento no me interesa.

Creo que a partir de esto, todo fue algo de mucha buena suerte para mí, porque no me pude creer lo que iba a pasar. Yo le pregunté por que lo había dejado con su novia.

—Por que estoy enamorado de otra persona desde hace mucho tiempo, pero nunca he podido reconocerlo.

— ¿De quien? —De ti Roberto.

Cuando dijo esto, me quedé sin palabras, aunque lo que dije a continuación creo que no fue lo correcto.

—Que gracioso. Buena broma. Ahora en serio, ¿de quien estás enamorado?

¿Por que diría eso?, seguro que le hice pensar que no era gay o algo parecido. Pero todo comenzó a ir bien. Se acercó a mí, nos miramos fijamente a los ojos, y me besó. Un beso que jamás olvidaré. Pero como lo bueno tiene que acabar, le sonó el teléfono.

—Me tengo que ir, pásame a buscar esta noche a mi casa.

Por la noche, llegué a la puerta de su casa. No sabía si llamar, lo que había ocurrido por la tarde debía de ser un sueño. Pablo abrió la puerta, y sin decir nada me besó de nuevo. No había nadie en su casa. Me llevó a su habitación mientras me besaba. Me tiró contra la cama. Entonces la mejor noche de mi vida comenzó. Se quitó la camiseta, y me quitó la mía, mientras me decía que me quería y que quería estar conmigo. Se quitó los pantalones, los playeros y calcetines. Ambos estábamos en bóxer. Entonces comenzó a besarme todo mi torso, hasta llegar al bulto de mi polla. Entonces se quitó su bóxer y yo el mío. Ambos estábamos desnudos.

Me empezó a chupar la polla, mientras lo hacía yo le agarraba su cabeza. Entonces yo me puse encima de él. Comencé a chupársela. Vi, que encima de su mesilla había dos condones que había puesto para aquella noche. Cogí uno y entonces me lo puse. Se dio la vuelta y puse mi capullo de mi polla en su ano. Comencé hacer fuerza, y se la metí hasta el fondo. Empezó a gritar de gusto y yo le acompañé, estaba flipando del gusto que me daba, quería terminar, pero también quería seguir. Entonces saqué mi pene antes de que me diera el gustillo. Él se puso encima de mí, y me la metió hasta el fondo mientras me chupaba el cuello y me susurraba que era su primera vez que alguien se la metía por el culo y que él la metía.

Cuando él llegó al orgasmo noté como su semen se quedaba en el condón, pero era como si estuviera dentro de mí. Entonces me besó, y empezó a chupármela hasta que me corrí en su boca. Me miró y me besó. Todo había terminado.

Los dos desnudos, en la cama nos abrazamos y nos besamos durante bastante tiempo.

Al día siguiente me desperté, cuando me giré, vi como unos ojos preciosos me estaban mirando, y como Pablo me daba los buenos días y me daba un beso. Los fines los padres de Pablo no estaban en casa. Por lo que después de ducharnos, estuvimos viendo películas y hablando desnudos.

Tengo que decir que mi pene y el suyo estuvieron tiesos casi todo el día. Entonces él me pidió ser novios y contárselo a todos. Yo dije que si. Ese sábado lo hicimos tres veces.

Dos meses después, Pablo y yo somos novios y todos lo saben y lo aceptan, somos felices y nos gusta follar todo lo que podemos y en lugares donde nadie puede imaginarse pero que ya lo contaré otro día. Tengo que decir que el sabor de su polla es el mejor que he probado.

También tengo que decir que Pablo tiene una manía que me gusta, que es la de estar desnudos cuando estamos en alguna de nuestras casas y no están nuestros padres.

Autor: 18gay

viernes, 19 de diciembre de 2008

Jugando y ganando

Antes de empezar a contarles lo que en esa ocasión me sucedió, debo recordarles, a quienes ya me han leído, o informarles a quienes aún no me conocen que soy un ser humano común y corriente, apasionadamente enamorado de la vida y sus placeres, dejándola transcurrir mientras la disfruta plenamente y sin limitaciones.

Empiezo por comentarles que, en la ciudad donde vivo, el agua sale de los grifos clara y transparente, pero no lo suficientemente pura como para poderse beber por lo que la usamos únicamente para la ducha, el lavado de la ropa, el aseo de la casa en general, el mantenimiento del jardín, etc. y, para beber, hay empresas que, a precios módicos, entregan el agua potable a domicilio, envasada en garrafones de diverso cupo, generalmente de veinte litros.

Los trabajadores que hacen el reparto en las casas habitación hacen un constante ejercicio de levantamiento de pesas al manejar para su entrega esos garrafones, lo que no sólo los mantiene ágiles, sino que, al cabo del tiempo les proporciona una estructura muscular que los hace verse espectaculares: pechos amplios, espaldas anchas y bíceps maravillosamente bien desarrollados, aunque no todos son amables y bien parecidos.

En la ruta donde se ubica la casa donde vivo, hace alrededor de dos meses, cambiaron al repartidor. De un hombre maduro y, para mi gusto, demasiado adusto, a un nuevo trabajador que, a golpe de vista me cautivó; era joven (veintipocos años) una piel con ese tono dorado que adquieren los hombres rubios por la exposición constante al sol; una cara de facciones regulares, una mirada amable en unos ojos de color aceitunado, una risa fácil, alegre y contagiosa y un cuerpo con el desarrollo muscular al que arriba me refería; todo ello adicionado con un viril y grato tono de voz y una risa pronta, alegre y contagiosa. “Tiene cara de ángel y cuerpo de demonio lujurioso”, escuché comentar a una vecina. “Una escultura griega”, pensé yo, que milagrosamente, ha cobrado vida con todas las características que ello implica, es decir, ágiles y seguros movimientos -¡Qué sensualmente se mueve! grato aroma –es limpio, pero se percibe un sutil olor a macho cuando se te acerca- agradable sonido –tiene un incitante timbre en su risa y en su voz.

En pocas palabras, un ejemplar de varón como para acostarse todo un día y muchos más con él y disfrutarlo sin separarse de él un solo minuto.

Unos días antes de la Navidad el nuevo repartidor me mostró unos volantes en los que se ilustraban algunos objetos promocionales, obsequio de su empresa, para que escogiera cada cliente el que fuera de su agrado. Escogí un secador de felpa para platos, y cubiertos, con el estampado y color adecuados a la decoración de mi cocina.

—Escogió usted con buen gusto, señor, esas toallas están muy bonitas y, precisamente por eso, fueron, hoy, las que primero se me acabaron, pero se la traigo mañana ¿qué le parece? O tal vez hoy, al terminar el turno, si acabo temprano.

—Me parece muy bien —acepté, pensando en que si me la traía al terminar su turno, podría invitarlo a pasar a la casa y tal vez hubiera oportunidad de tener algún acercamiento con él, aunque, recapacité, no era muy factible.

Pero lo fue; ya había yo olvidado el incidente cuando, alrededor de las seis de la tarde sonó el timbre, abrí la puerta y ahí estaba mi escultura griega en vivo y a todo color, con una bolsa bajo el brazo y las manos dentro de las bolsas del pantalón, como si estuviera jugando pin-pon con los maravillosos testículos que yo imaginaba.

—Tal como quedamos, señor, aquí traigo la que le gusta – e hizo una inclinación de cabeza como si señalara su tan deseada herramienta.

Un demonio pícaro y lujurioso me dictó la respuesta que hasta a mí me sorprendió oírmela decir.

— ¿Me está usted albureando? –El albur es, en mi país, la frase de doble sentido con la que se dicen, en forma disimulada las cosas más atrevidas- ¿Quién le dijo que la cosa que trae usted ahí, en medio de las piernas, me gusta?

—No señor, discúlpeme, yo no quise decir eso —me dijo tartamudeando, mientras sacaba las manos de sus bolsas agitándolas como si quisiera borrar con ese movimiento lo antes dicho y dejando caer la bolsa de papel que llevaba bajo el brazo— no me interprete mal, señor, yo lo respeto.

—Mire —proseguí como si no lo escuchara— para empezar, ni yo mismo sé si me gusta o no porque ni siquiera la he visto. Pase —lo tomé del brazo y lo hice pasar, cerrando la puerta— ¿Me la piensa mostrar? — ¿Yo, señor? Es que… —y giraba su cabeza hacia un lado y otro, como si buscara por donde escapar —Discúlpeme, señor, esto ha sido un “malentendido” yo hablaba de la toalla que traía en la bolsa que se me cayó y se quedó tirada afuera de la puerta. Por favor señor, si en la empresa se enteran de este incidente, voy a tener problemas, tengo pocos días de haber entrado y necesito mucho el trabajo.

— ¿Eres ya casado? —pregunté sin saber por qué y cambiando del “usted” al “tú”. —Si señor, acabo de cumplir un año de haberme casado. —Y… ¿eres ya papá? —Si, ya; tengo una bebita de un mes.

—Eso justifica tu preocupación por conservar el trabajo. Por cierto, un amigo mío, que presume saber mucho de esas cosas asegura que, siendo los hombres los que deciden el sexo de los hijos, los que quienes tienen hijas mujeres es porque son sexualmente muy activos y tienen relaciones con mucha mayor frecuencia que los que tienen hijos varones ¿Es cierto eso? ¿Tú qué dices?

—Yo diría que si es cierto —dijo conteniendo una sonrisa presuntuosa— Ya se imaginará cómo ando todo el día ahora que estoy en cuarentena. —¿Debo entender que me estás pidiendo una ayudadita?—No, señor. La ayudadita, en cuanto a sexo, sólo podrá pedírsela a una mujer y, en cuanto a recursos económicos, tengo mi trabajo y no pido ni acepto limosnas.

Su actitud me agradó y, con estas observaciones, mi cerebro empezó a trabajar a gran velocidad mientras seguía sosteniendo la conversación.

—No te preocupes, creo que estoy encontrando una solución a tus problemas. Te aseguro que no pretendo suplir a una mujer ni sería capaz de ofenderte con una limosna. Mi proposición es esta —continué— voy a retarte a participar en un juego en el que, si pones algo de tu parte, podrás obtener, no una limosna, sino una ganancia en dinero y, con un poco de buena voluntad, un desahogo… “emocional” ¿Lo intentamos? — ¿Por qué no? Usted me dice cómo. —El requisito es que te despojes de conceptos prejuiciosos y te concentres en cumplir ciertas tareas sumamente fáciles y, en este caso, lucrativas.

—Bueno, si no es algo muy difícil…empecemos. —En primer lugar, voy a sacar de mi cartera un billete de cada una de las denominaciones en circulación ¿puedes decirme cuales son? —Si señor, eso es muy fácil. Y si le digo cuántas denominaciones existen ¿ya gané? —No, ja, ja, ja, si me dices cuantas denominaciones existen empezamos el juego. —Está bien, Existen billetes de veinte, de cincuenta, de cien, de doscientos, de quinientos y de mil pesos.

—Correcto. Como ves estoy colocando aquí sobre la mesa un billete de cada denominación y empezamos con el billete más bajo, El de veinte pesos. Si cumples con la tarea que voy a señalarte es tuyo. Después de eso, cambiaremos ese billete con el que le siga en valor y te indicaré una tarea fácil de cumplir, si lo haces, cambiarás el billete que tienes por el de la denominación siguiente y así sucesivamente. Cada nueva tarea que cumplas, tu billete será cambiado por otro que será el que le sigue de mayor valor. ¿Entendido?

—Entendido.

Le acerqué el billete de veinte pesos mientras observaba fijamente la expresión de su rostro.

—Acomódate el pene por encima del pantalón, ajustando la tela para que muestre su forma y su tamaño —le dije pausadamente.

Me miró unos segundos extrañado.

— ¿Para qué? Estoy cómodo así, empecemos el juego. —El juego ya empezó —le aclaré— esa es la primera tarea. Marca la forma y el tamaño de tu pene por encima del pantalón. — ¿Qué estás diciendo? —preguntó con un gesto de incómoda incredulidad, cambiando la forma de trato al “tuteo”— esto parece el castigo de uno de esos juegos estúpidos que jugábamos en la escuela primaria. —Si, creo que es así, ¿Quieres hacerlo? O pierdes y aquí termina el juego.

—No, no, no —se apresuró a decir— voy a hacerlo, pero me siento como un imbécil haciendo una demostración de las dimensiones y forma de mi pene —y, después de una pausa, mientras resaltaba la forma con la tela, por cierto muy delgada del pantalón, agregó— quiero aclararte que no me siento avergonzado de mi miembro viril, sino muy orgulloso y no tengo por qué avergonzarme de él. Como puedes ver, estoy bastante bien dotado, es grueso y de bastante buen tamaño, sobre todo cuando se pone en estado de erección que es lo que parece empieza a pasar ahora.

—En este caso el billete de veinte pesos ya es tuyo y puedes cambiarlo por el de cincuenta pesos si logras ponerlo, mediante frotamientos y ligeros apretones, antes de quince segundo en estado de erección. —No hacía falta que lo dijeras, en este momento ya ha alcanzado, como ves, su máxima dimensión.

En efecto, su pene se había convertido en un potente ariete que parecía a punto de romper la delgada tela de su pantalón y, en la punta de él, se notaba una mancha nada pequeña de humedad debida a la secreción de líquidos seminales.

Haciendo un esfuerzo para separar la vista de aquel estupendo bulto, proseguí.

—La siguiente tarea te va a proporcionar, creo, un poco de alivio. Consiste en dejarlo al aire, sacándolo fuera del pantalón, en cuanto lo hagas podrás cambiar tu billete de cincuenta pesos por el de cien. —Encantado de la vida —dijo desabrochando la hebilla del cinturón y bajando, dicho pantalón, y además la trusa, a las rodillas dejando al aire, no solo la hermosísima verga balanceándose arrogante con el enrojecido glande que parecía a punto de explotar, sino además un par de poderosos y potentes testículos y una mata de abundante velocidad que aumentaban la hermosura del conjunto que me tenía fuertemente hipnotizado y con la lengua nadando en una abundante secreción de saliva.

—A partir de este momento, debo de participar contigo en la ejecución de las tareas. Te advierto que irá aumentando el grado de dificultad. —Adelante —contestó con voz entrecortada y cerrando los ojos— pero date prisa porque me está costando trabajo mantener el control. Tengo unas ganas locas de jalármela y eyacular. —Para que puedas cambiar tu billete de cien pesos por el de doscientos tendrás que permitirme subir y bajar tres veces la piel que lo cubre de la base a la punta y regresarla tirándola de la punta a la base, sin e-ya-cu-lar —le dije recalcando la palabra.

—Ssssssssssss —hizo un sonido silbante aspirando aire entre los dientes y tragó saliva— Muy bien, puedes hacerlo, nada más cuento primero del uno al tres lentamente, mientras me concentro… uno… dos… tres. Adelante.

Asentí y lo vi cerrar los ojos. .

—De acuerdo, concéntrate, aquí voy.

Cerré mi mano alrededor de aquél estupendo trozo de carne repleto de vida, vigor, calor y energía y sentí que era yo el que no podía controlar el orgasmo. Me sentía volando hacia el paraíso, era una verdadera gloria sentir la temperatura, la dureza y la humedad de aquel delicioso instrumento de placer por el que sentía correr a raudales la vida y subiendo y bajando la mano oprimiendo suavemente aquel fierro candente, empecé, con marcada lentitud.

—Uno… —subí y bajé la mano con una firme y suave caricia— dos… —volví a subir y bajar— tres… —nuevamente hacia arriba y hacia abajo y luego, haciendo un esfuerzo sobrehumano abrí la mano y solté mi encantadora presa, la que se balanceó provocativa.

No pude contener un suspiro, al tiempo que él lanzaba un gemido sordo.

—Va por el de quinientos —anuncié— Ahora, para cambiar tu billete de doscientos por el de quinientos voy a acercar mi boca a la punta de tu pene, voy a pegar a el mis labios y voy a depositar tres cariñosos, cálidos y húmedos besos en el mientras tú, haciendo un esfuerzo, y en absoluto silencio, sin meter las manos, te concentras para no llegar al orgasmo. ¿Entendido?

—Va por el de quinientos —repitió como reafirmando.

Acerqué mis labios y, al sentir el roce de mi aliento, su pene respingó. Él cerró los ojos buscando la mayor concentración. Lo vi apretar los puños y contener la respiración, sentí su cuerpo tenso mientras yo depositaba tres besitos suaves y tiernos, adicionados con una leve caricia de mi lengua, en la punta de su adorable instrumento. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no ser yo el que eyaculara, sentía un fuerte impulso para detener el esperma que luchaba por salir expulsado de mi candente pene. Pasado el momento sentí como soltaba el aire contenido en sus pulmones y aflojaba los músculos de su cuerpo tenso. Admiré su fuerza de voluntad… y me sorprendí de la mía.

—Te felicito, amigo, no creí que pudieras aguantar. Ya tienes quinientos. —Voy por el de mil —me interrumpió— quiero los mil pesos. —Te admiro —le dije— nunca creí que pudieras aguantar hasta aquí. La siguiente sería la última tarea ¿Estás seguro de que quieres avanzar? Si fallas, lo perderás todo. Vuelvo a preguntarte ¿Quieres seguir?

—Rápido, adelante —Y con los ojos cerrados, el cuerpo tenso y el pene escandalosamente erecto al aire, se quedó en silencio. —Esta es la última tarea. Aquí puedes llegar a tener mil pesos o perderlo todo. Te pregunto una vez más ¿Quieres continuar?

No pronunció ninguna palabra, sólo hizo un movimiento afirmativo de cabeza

Está bien, es tu voluntad. Esta última tarea consiste en… —aquí hice una pausa antes de proseguir— en permitir que yo ponga mis labios en la punta de tu verga y le permita que, lentamente, penetre en mi boca. Yo permaneceré chupando durante quince segundos que contaré dando pequeños golpes sobre tus caderas. Si al dar el último golpe no has explotado arrojando tus chorros de semen hacia mi garganta, yo me daré por vencido, abriré mi boca, me retiraré y habrás ganado ¿Entendido?

Un movimiento afirmativo con la cabeza me respondió.

Acerqué mis labios a la cabeza ardiente de su pene, los entreabrí sintiendo como aquella deliciosa barra viva de exquisita carne iba penetrando arrastrándose y palpitando sobre mi lengua y empecé a chupar con gula; cada chupada era un paso que me acercaba a la gloria; mis manos golpeaban pausadamente calculando los segundos sobre sus caderas… seis… siete… ocho…cada segundo me acercaba más y más a un incontenible orgasmo y al disfrute de un placer grandioso, exorbitante, desmesurado como nunca lo había sentido… doce… trece… catorce… al llegar a los quince segundos, acepté que ya había yo perdido y me preparé, haciendo un esfuerzo, a retirarme. En ese exacto momento, sus dos manos, como dos tenazas de hierro, sujetaron mi cabeza y lo oí exigir, con voz ronca en un grito difícilmente contenido:

—No te detengas. Sigue. Sigue chupando. Me vale madre el dinero. Quédate con él, pero sigue mamando. ¡Me estás llevando al cielo! ¡Qué delicia! ¡Qué gozo! ¡Qué maravilla! Nunca me la habían mamado así. No te detengas. Sigue, sigue así, cabrón, máaaaaaaaasssss, máaaaaaassssss, asiiiiiiií.

En ese mismo instante, al unísono también, con una sincronía perfecta, arqueó el cuerpo y su verga empezó a llenar mi boca con abundantes chorros de su riquísimo semen con un exquisito sabor a suavemente salado sudor, leche y miel, mientras mi pene explotaba arrojando borbollones de esperma.

A partir de entonces ya no competimos, ya no hacemos apuestas, pero nos amamos intensamente y seguiremos amándonos por toda la vida.

Gracias por leer nuestra historia, los dejo, está tocando en estos momentos mi proveedor de leche, digo… de agua, bueno… de todo. Ustedes comprenden ¿verdad?

Autor: Aquel

miércoles, 17 de diciembre de 2008

De que se sonreira?





domingo, 14 de diciembre de 2008

Follando como bestias 2

viernes, 12 de diciembre de 2008

Pisotolones